En el siglo XXI, la competitividad económica depende cada vez más de la capacidad de crear, adaptar y comercializar nuevos conocimientos (véase el gráfico 2.1). Los ecosistemas de innovación que no logran desarrollar capacidades de innovación corren el riesgo de verse relegados a actividades de producción de bajo valor, mientras que los líderes en innovación obtienen los mayores beneficios económicos.
Expansión mundial de la innovación y creciente complejidad
Desde el año 2000, el crecimiento económico ha ido de la mano de un aumento de las innovaciones per cápita en exportaciones, marcas y publicaciones científicas, aunque el crecimiento de las patentes ha sido más modesto. Esta trayectoria ascendente refleja el cambio mundial hacia economías basadas en el conocimiento, en las que la capacidad de innovación determina cada vez más la competitividad nacional.
No obstante, este crecimiento ha sido muy desigual entre países (véase el cuadro 2.1). Mientras que algunas economías se han expandido de forma espectacular —China ha multiplicado por 62 sus publicaciones científicas y por 65 sus actividades empresariales, y la República de Corea ha multiplicado por más de 12 su crecimiento empresarial—, los líderes establecidos, como los Estados Unidos, el Japón y los países europeos, han registrado ganancias modestas, normalmente duplicando o triplicando la producción. Esta divergencia sugiere una reestructuración fundamental: las economías emergentes asiáticas están creando rápidamente una capacidad de innovación, mientras que los líderes tradicionales se enfrentan al reto de mantener el crecimiento a partir de un nivel ya alto.
Más allá del volumen, las innovaciones son cada vez más sofisticadas e interdisciplinarias (gráfico 2.2). La marca internacional media abarca ahora nueve campos de innovación (por ejemplo, la marca de un teléfono inteligente abarca la electrónica, la informática, las telecomunicaciones y el entretenimiento), mientras que las publicaciones científicas abarcan cuatro campos. Por ejemplo, la investigación sobre inteligencia artificial combina la informática, la neurociencia, la ética y la estadística. Las patentes son más específicas, con una media de 1,5 campos, y suelen referirse a soluciones técnicas concretas. Esta integración de campos sugiere que las innovaciones modernas requieren cada vez más capacidades de conocimiento diversas.
En resumen, aunque las innovaciones son cada vez más sofisticadas y la capacidad de innovación mundial sigue aumentando, el crecimiento sigue siendo muy desigual. Esto plantea una cuestión estratégica más profunda: ¿están las economías generando con éxito innovaciones que les permitan adaptarse a una economía del conocimiento en rápida evolución?
La mayoría de los ecosistemas de innovación han diversificado sus capacidades, pero muchos se están quedando atrás.
La innovación moderna depende cada vez más de la diversidad de capacidades de conocimiento dentro de los ecosistemas de innovación. El conocimiento plasmado en herramientas, códigos y procesos puede traspasar fronteras, pero el conocimiento tácito y la capacidad de comprenderlo y combinarlo residen en la mente humana y, por tanto, están sujetos a limitaciones naturales. Históricamente, cuando la base de conocimientos de la humanidad era menor, personas brillantes como Da Vinci, Newton y Descartes podían dominar varias disciplinas a la vez. En la actualidad, el rápido crecimiento del conocimiento hace imposible un dominio individual tan amplio.
La solución ha sido la especialización colectiva: las personas adquieren profundos conocimientos en ámbitos limitados mientras colaboran en equipos diversos. Un gran avance en inteligencia artificial, por ejemplo, requiere la colaboración de especialistas en informática, neurociencia, ética e ingeniería. Por eso los individuos se especializan y los ecosistemas se diversifican.
A nivel del ecosistema de innovación, esto se traduce en una gran diversidad de capacidades. Los ecosistemas de innovación de éxito se caracterizan por su gran diversidad, ya que pueden combinar conocimientos especializados para abordar retos complejos e interdisciplinares (recuadro 2.1).
Determinar si un ecosistema de innovación domina un campo específico puede lograrse mediante dos enfoques. La especialización absoluta caracteriza a los líderes mundiales, como Estados Unidos en investigación sobre inteligencia artificial o China en tecnologías de fabricación. Alternativamente, la especialización relativa muestra una excelencia centrada en un área concreta, como la fortaleza de Dinamarca en energía eólica o la experiencia farmacéutica de Suiza, donde los ecosistemas más pequeños destacan desproporcionadamente en campos específicos en comparación con su actividad innovadora general.
La diversificación se está produciendo en todo el mundo, aunque de forma desigual (gráfico 2.3). Más de la mitad de los ecosistemas de innovación del mundo —el 54 %— cuentan ahora con una mayor diversidad de capacidades innovadoras que a principios de siglo. La transformación más espectacular se ha producido en Asia Oriental, donde las economías han ampliado colectivamente la diversidad de capacidades del 25 % al 64 % en todos los campos de innovación analizados en los últimos 23 años. Este notable aumento de 39 puntos porcentuales supone el mayor cambio regional en la capacidad de innovación de la era moderna.
El hecho de que el 46 % de los ecosistemas de innovación no haya diversificado significativamente sus capacidades no es necesariamente problemático. La especialización estratégica en los sectores más competitivos de la economía puede ser un camino eficaz hacia el éxito a corto y medio plazo. La cuestión fundamental es si los ecosistemas desarrollan capacidades más sofisticadas y de mayor calidad con el paso del tiempo, independientemente de su amplitud.
Una vez más, Asia oriental lidera la transformación hacia capacidades complejas, con niveles que han superado a los de Oceanía y están acortando distancias con los de Europa y Norteamérica (gráfico 2.4). Las economías africanas han avanzado notablemente en la creación de capacidades más sofisticadas, aunque siguen estando muy por detrás de otras regiones. Este patrón refuerza la emergencia de Asia oriental no solo como fuente de innovación, sino también como región que desarrolla ecosistemas de innovación cada vez más avanzados.
El tamaño de la población influye en la diversidad de las capacidades de innovación, pero no la determina (cuadro 2.2). Las grandes economías en desarrollo, como la India, aprovechan eficazmente la economía de escala y dominan casi un tercio de todos los campos analizados, mientras que Austria alcanza una cobertura de capacidades del 77 % con solo nueve millones de habitantes. Pero son más reveladoras las comparaciones entre economías de tamaño similar con resultados muy diferentes. Brasil presenta una diversidad de capacidades casi nueve veces superior a la de Nigeria, a pesar de tener una población similar. Del mismo modo, el Japón presenta una diversidad cinco veces superior a la de México a pesar de tener una escala demográfica similar.
Estas disparidades revelan que existen factores ajenos a la población, como el sistema educativo, la calidad institucional y las políticas de innovación, que desempeñan un papel decisivo. El éxito depende menos de las ventajas demográficas y más de las decisiones estratégicas relativas a la inversión en infraestructuras del conocimiento.
Crear capacidades de innovación es mucho más difícil que lograr el crecimiento económico (gráfico 2.5). Mientras que el 68 % de las economías ha aumentado su PIB per cápita en las dos últimas décadas y una proporción similar (66 %) ha logrado una mayor diversidad, solo el 30 % ha conseguido aumentar la complejidad de la innovación, lo que revela que este es el objetivo de desarrollo más difícil de alcanzar.
El progreso interanual muestra un resultado más acentuado. En la última década, excluyendo la pandemia de 2020, el PIB ha crecido anualmente en un 55-65 % de las economías. Los avances en materia de diversidad han resultado más difíciles de conseguir, ya que cada año solo llegan al 35-50 % de los ecosistemas. Las mejoras en la complejidad son las más difíciles de conseguir, ya que solo se producen en el 30-40 % de los países anualmente. Estos patrones sugieren que, si bien el crecimiento económico sigue siendo un reto, el desarrollo de capacidades sofisticadas de innovación requiere un esfuerzo sostenido y estratégico que la mayoría de las economías no logran mantener de manera constante.
Las capacidades más complejas son ahora más difíciles de conseguir
Las capacidades de innovación se han ido concentrando cada vez más en un reducido grupo de economías. En la última década, la mayor parte de las capacidades mundiales de innovación se han concentrado en solo el 30 % de las economías, invirtiendo las tendencias anteriores hacia una mayor difusión.
Sin embargo, las capacidades están más repartidas democráticamente que la riqueza económica: tres veces más que el PIB y seis veces más que la población. La mayor parte de la difusión de capacidades se produjo durante la primera década de este siglo, y desde entonces el proceso se ha ralentizado considerablemente.
A pesar de esta desaceleración, varias economías se han incorporado con éxito al panorama mundial de la innovación como actores relevantes: Brasil, India, Jordania, Kazajstán, Letonia, Líbano, Lituania, Malta, Marruecos, Qatar, Federación de Rusia, Arabia Saudita, Serbia, Túnez, Ucrania y Viet Nam. Estos recién llegados demuestran que la creación de capacidades sigue siendo posible, aunque cada vez más difícil en el actual entorno de innovación concentrada.
La mayoría de estos recién llegados desarrollaron capacidades empresariales y científicas (gráfico 2.6). Con el tiempo, las capacidades científicas (7,4 % de los sistemas) y empresariales (7,7 %) se fueron concentrando menos, lo que permitió una participación mundial más amplia. Por el contrario, la tecnología (4,5 %) y las capacidades de producción (5,2 %) siguieron siendo más exclusivas entre los líderes establecidos.
Las capacidades tecnológicas siguen siendo el campo de innovación más complejo y se alejan cada vez más de las demás dimensiones (gráfico 2.7). En los últimos cinco años, la complejidad tecnológica ha aumentado más rápido que en otros campos, creando una brecha cada vez mayor con las capacidades científicas, empresariales y de producción.
Curiosamente, la complejidad de los ámbitos científico y productivo ha disminuido, por lo que estas capacidades dependen menos de los conocimientos relacionados para su dominio. Aunque estas capacidades siguen siendo relativamente escasas a escala mundial, se han hecho más accesibles como competencias independientes. Esta tendencia sugiere que, si bien el desarrollo tecnológico requiere conocimientos cada vez más interconectados, otros ámbitos de la innovación son cada vez más modulares y se adquieren de forma independiente.
Entre los 100 campos de innovación de más rápido crecimiento, el 40 % representan capacidades complejas, pero muestran patrones de difusión muy diferentes entre los ecosistemas (cuadro 2.3). Algunos sectores en pleno crecimiento se están concentrando en menos manos, mientras que otros se están extendiendo a nuevas economías. El Internet de las cosas es un buen ejemplo de concentración. Este complejo campo tecnológico se ha multiplicado por 4,1 en los últimos cinco años, pero está presente en menos ecosistemas de innovación, lo que sugiere una creciente especialización entre los principales actores. Por el contrario, el campo científico relacionado con la repercusión y aplicación de la inteligencia artificial ha demostrado una mayor difusión, creciendo 3,6 veces y extendiéndose a un 30 % más de economías. Sorprendentemente, este campo se encuentra en el extremo inferior del espectro de complejidad. Esto se debe a que, al igual que muchas capacidades dentro del ámbito del progreso científico en inteligencia artificial, se ha difundido en economías que no están muy diversificadas, pero que pueden contribuir significativamente.
Estos patrones contrastados revelan que un rápido crecimiento de la innovación no garantiza una adopción generalizada. Las tecnologías emergentes más complejas tienden a concentrarse entre los líderes establecidos, mientras que los campos moderadamente complejos pueden difundirse más ampliamente por el panorama mundial de la innovación.
Estas pautas divergentes ponen de manifiesto un reto estratégico fundamental: no toda diversificación es igual. La simple expansión a más campos de innovación puede resultar insuficiente si esas capacidades permanecen aisladas o carecen de la complejidad necesaria para garantizar la competitividad a largo plazo. La cuestión es si las economías pueden navegar estratégicamente por este panorama, identificando las capacidades emergentes a las que dirigirse en función de su base de conocimientos y de la complejidad incremental necesaria para adoptarlas con éxito.
¿Quién adopta un enfoque estratégico para el desarrollo de capacidades?
Diversificación estratégica de capacidades como vía de desarrollo
La diversificación estratégica de las capacidades exige aumentar la diversidad al tiempo que se incrementa la complejidad del ecosistema, lo cual es mucho más difícil que la simple expansión de los campos. El principio de afinidad, según el cual las economías se diversifican de forma natural en los campos más próximos a sus capacidades existentes, puede suponer una trampa para los ecosistemas en desarrollo. Quienes empiezan con poca diversidad y complejidad pueden adquirir sistemáticamente solo capacidades de baja complejidad y perpetuar su posición en la jerarquía mundial de la innovación.
Este reto se ve agravado por los patrones de dependencia que se observan en las distintas etapas de desarrollo (gráfico 2.8). Los ecosistemas menos diversificados tienden a adquirir capacidades muy próximas a las actuales, mientras que los más diversos pueden dominar con éxito campos más alejados de su base de conocimientos existente.
No obstante, existen notables diferencias entre las estrategias de diversificación. Economías de rápido crecimiento, como la India y Polonia, están consiguiendo dar el salto a campos más lejanos y complejos, mientras que otras, como Australia y Chile, están adoptando un enfoque de diversificación más incremental y gradual.
La medición de la diversificación inteligente revela tendencias preocupantes en la creación de capacidades a escala mundial (gráfico 2.9). En la última década, ha disminuido el número de economías que ganan simultáneamente diversidad y complejidad, mientras que ha aumentado el de las que pierden ambas dimensiones en el mismo año, lo que sugiere que muchos ecosistemas de innovación se esfuerzan por superar el doble reto de la amplitud y la sofisticación.
No obstante, datos recientes sugieren posibles signos de recuperación tras 2020, lo que indica que algunos ecosistemas podrían estar adaptando sus estrategias para superar este doble reto de desarrollo.
Las que obtuvieron mejores resultados fueron las economías de rápido crecimiento que lograron una diversificación inteligente y constante a lo largo de la década (cuadro 2.4). China, Indonesia y Viet Nam destacaron por presentar aumentos simultáneos de la diversidad y la complejidad en ocho de los diez años. Por el contrario, economías como las de Sudáfrica y Austria experimentaron con frecuencia pérdidas simultáneas en ambas dimensiones. Estas economías podrían beneficiarse de una orientación más estratégica de sus capacidades, centrándose en la adquisición de aquellas que sirvan de puente entre las competencias existentes y los ámbitos de mayor complejidad.
No obstante, los datos revelan otra pauta estratégica: las economías muy diversificadas, como la estadounidense, a pesar de no haber adquirido nuevas capacidades, aumentaron la complejidad la mayoría de los años, deshaciéndose de las de menor valor y conservando las más satisfactorias. Esto sugiere que, para tener éxito, los ecosistemas de innovación no solo deben adquirir nuevas capacidades, sino que también deben gestionar estratégicamente las que ya tienen.
Profundizar en la especialización como complemento de la diversificación
Profundizar en la especialización implica concentrar estratégicamente los recursos en las capacidades más complejas y de mayor valor, y protegerlas al mismo tiempo con conocimientos complementarios que permitan su desarrollo. A diferencia de las estrategias de diversificación que buscan la amplitud, este enfoque hace hincapié en la profundidad y la interconexión, y determina qué capacidades generan los mayores rendimientos, garantizando su viabilidad mediante competencias de apoyo.
Pensemos en la biotecnología: dominar la ingeniería genética no solo requiere conocimientos de laboratorio, sino también capacidades complementarias en cumplimiento de la normativa, investigación clínica, análisis de datos y marcos éticos. Las economías que abandonen estos campos de apoyo pueden ver cómo se debilitan o se vuelven insostenibles sus capacidades biotecnológicas básicas.
Este enfoque de gestión explica cómo los líderes consolidados en innovación pueden mantener la competitividad a pesar de perder parte de su diversidad: se concentran estratégicamente en sus capacidades más sofisticadas, mientras mantienen el ecosistema de conocimiento que las sustenta.
Profundizar en la especialización es posible, pero difícil. Cada año, alrededor del 40 % de los ecosistemas de innovación logran aumentar la intensidad de sus capacidades más complejas y, al mismo tiempo, incrementar su complejidad general, lo que demuestra la necesidad de un enfoque dual para un liderazgo sofisticado en innovación (gráfico 2.10).
No obstante, este equilibrio es frágil durante los periodos de crisis. La pandemia de 2020 provocó un gran trastorno y obligó a la mayoría de las economías a elegir entre especializarse en capacidades existentes o aumentar su complejidad, pero no ambas cosas a la vez. Por fortuna, los resultados se estabilizaron de nuevo en 2022, lo que sugiere que las alteraciones en la gestión de las capacidades durante las crisis pueden ser temporales y no estructurales.
Los resultados de las estrategias de especialización varían mucho de una economía a otra (cuadro 2.5). China, la India y Viet Nam están a la cabeza, ya que ocho de cada diez años han aumentado con éxito la intensidad de las capacidades complejas mientras ganaban en complejidad global. Estas tres economías muestran una concentración estratégica en las capacidades más gratificantes sin sacrificar las competencias más sofisticadas.
Por el contrario, Sudáfrica y la Federación de Rusia han tenido que hacer frente a importantes desafíos y les ha costado alcanzar este equilibrio. Estas dificultades ponen de manifiesto que las limitaciones de recursos o el desajuste estratégico pueden impedir que las economías desarrollen simultáneamente sus capacidades más valiosas y mantengan la sofisticación de la innovación.
¿Está aprovechando el mundo su capacidad de innovación?
Aunque la capacidad mundial de innovación sigue creciendo, solo un grupo selecto de economías domina las estrategias necesarias para transformar este crecimiento en una ventaja competitiva sostenible.
Los datos muestran dos mundos de innovación distintos. En un mundo, las economías asiáticas de rápido crecimiento —lideradas por China, la India y Viet Nam— han descifrado el código del desarrollo de capacidades inteligentes. Han logrado una diversificación inteligente, ganando amplitud y complejidad simultáneamente, y una gestión inteligente de las capacidades, intensificando el enfoque en las capacidades de alto valor y protegiéndolas con conocimientos complementarios.
En el otro mundo, muchas economías establecidas y emergentes luchan contra el doble desafío. A pesar de la expansión mundial de las capacidades, el 46 % de los ecosistemas no se ha diversificado de forma significativa. El aumento de la complejidad sigue siendo difícil de alcanzar para el 70 % de los países y la difusión de capacidades se ha estancado en la última década. Incluso economías avanzadas como la de Estados Unidos han tenido éxito gracias a una gestión selectiva de las capacidades, en lugar de a una creación de capacidades amplia.
Las implicaciones son claras: en una economía mundial cada vez más basada en el conocimiento, ya no basta con generar innovaciones. El éxito exige dominar el delicado equilibrio entre diversificación y especialización, entre adquirir nuevas capacidades y profundizar en las existentes. Las economías que aprendan a navegar por esta complejidad estratégica configurarán el panorama de la innovación de las próximas décadas, mientras que las que no lo hagan corren el riesgo de quedar relegadas a la periferia de la economía del conocimiento.