Lo que no se ve: la historia desconocida de la innovación biofarmacéutica

Abril de 2017

Corey Salsberg, Vicepresidente y Director Mundial de Asuntos relacionados con la Propiedad Intelectual, Novartis

Se suele describir el ingenio como un archipiélago de chispas de inspiración en medio de un océano vacío.  Newton y la manzana, Arquímedes en la bañera, Einstein en la ensoñación que le reveló su teoría de la relatividad, Farnsworth en el campo de cereales cuyos surcos limpiamente arados le sirvieron de base para que inventara la televisión.  La lista no cesa.

La historia de la innovación en el ámbito de la biofarmacéutica entraña
muchos relatos complejos que a menudo pasan desapercibidos
(foto: iStock.com/RainervonBrandis).

Sin duda, los inventos y los descubrimientos constituyen empresas impredecibles, con episodios inesperados que no siguen una línea y donde a cada paso adelante le siguen tres hacia atrás.  Lo que no quiere decir que la innovación se dé al azar.  Todo lo contrario, aunque los momentos que nos hacen exclamar “¡Eureka!” sin duda tienen su lugar, la verdadera innovación, la que realmente conmueve y transforma la vida de la gente, casi siempre es más el producto de centrarse y de persistir propio del empeño de lograr una misión que el del encuentro fortuito con la musa que se nos cruza.  Como Thomas Edison dejó célebremente escrito, “el genio consiste en un 1% de inspiración y un 99% de transpiración”, más o menos.  Y esto tiene toda su lógica, pues es precisamente la ardua labor y la perseverancia empleadas para el logro de una misión o un objetivo lo que proporciona el contexto necesario para que surjan esas chispas de inspiración, por no hablar de aquellos anónimos pasos de antes y de después que permiten que las ideas atrevidas acaben convirtiéndose en innovaciones de vanguardia.

Y esto es cierto, más que en ningún otro, en el campo de los productos biofarmacéuticos.  Con una duración media de 10 a 15 años de investigación y desarrollo (I+D), la innovación en esa esfera (la que impide que un niño contraiga una enfermedad, la que purga el virus en las profundidades del cuerpo, la que hace remitir completamente un tumor o transforma una sentencia de muerte en una condición de vida manejable) ni comienza ni se detiene con una chispa aislada de inspiración.  Se trata de un complejo y laborioso proceso constante que comienza con probabilidades descorazonadoras (a veces de diez mil contra una), en el que los fracasos y sus múltiples enseñanzas tienen tanta importancia como los éxitos y en el que el “éxito” no puede medirse fielmente en una sola dimensión.  Por eso en Novartis no orientamos nuestro trabajo únicamente hacia la invención de medicamentos, sino hacia la misión mucho más general de “descubrir nuevas maneras de mejorar y alargar la vida de las personas”.

Con una duración media de 10 a 15 años de I+D, la innovación biofarmacéutica es un proceso constante, complejo y laborioso, que comienza con probabilidades descorazonadoras, en el que los fracasos y sus múltiples enseñanzas tienen tanta importancia como los éxitos (foto: iStock.com/DragonImages).

Esta misión general proporciona el contexto y el enfoque de nuestro modo científico de abordar la I+D y de casi todo lo demás que hacemos, incluido el modo de abordar las patentes.  Como sabrá la mayoría de quienes lean la Revista de la OMPI, el sistema de patentes es el poderoso instrumento que ayuda a nuestra industria a contrarrestar los elevados costos y riesgos que son inherentes al tipo de I+D que practicamos.  Pero es importante comprender que es sólo eso:  un instrumento, el medio para lograr un fin, no el propio fin.  En la práctica, esto significa que nos centramos en nuestra misión, la seguimos allí donde nos lleve y en el camino patentamos las invenciones que vamos creando y que nos ayudan a realizarla y cumplirla.  Quien proceda con el enfoque opuesto, el de tratar de obtener patentes como fin en sí, terminará con un expediente lleno de documentos con determinado valor y probablemente no conseguirá mucho más.  Esa es esencialmente la diferencia crucial entre la mera invención y la innovación de verdad, la meta final que impregna nuestra misión.  También es ese el motivo por el que, para reconocer la importancia crucial del sistema, lo mejor que podemos hacer en el Día Mundial de la Propiedad Intelectual no es, irónicamente, centrarnos en la propiedad intelectual (P.I.) en cuanto tal, sino en el mosaico de resultados que ésta hace posible.

Por supuesto, hay innovaciones visibles para todo el mundo:  el frasco de pastillas, el envase de comprimidos, el tubo del ungüento, la ampolla con su contenido líquido, todo eso que salva vidas por millones y da forma a la historia de la humanidad.  Piense en un medicamento, mire en sus armarios y cajas de pastillas, reflexione sobre las terapias que a usted o a uno de los suyos le ha permitido seguir disfrutando de la vida, y esté seguro de que el sistema de patentes desempeñó una función crucial en su creación:  antibióticos, vacunas, analgésicos, antirretrovirales, inmunoterapias, inhibidores de la polimerasa análogos de nucleótidos, no son más que unos pocos ejemplos.

Gracias a medicamentos históricos como estos, cada año se previenen millones de infecciones potencialmente mortales;  se llevan mejor los baches, los momentos difíciles, los dolores de cabeza a lo largo de la vida;  las tasas de mortalidad por cáncer caen en picado, las tasas de curación de la hepatitis C superan el 90% (https://tinyurl.com/mgnscjn) y la mortalidad por VIH/SIDA desciende en un 87%.

Permítanme citar unos pocos ejemplos extraídos de nuestra cartera de productos.  La innovación basada en la ciencia y las patentes que la hicieron posible nos dieron el Glivec®/Gleevec®, un inhibidor de la tirosina quinasa que figura ya en la lista de medicamentos esenciales de la Organización Mundial de la Salud.  Se le ha denominado “fármaco milagroso” por su función de convertir el cáncer de la leucemia mieloide crónica, que antes era mortal, en un estado crónico manejable, y en 2016 la prestigiosa Fundación que otorga el Premio Galien lo distinguió como “Descubrimiento de la Década”.

El descubrimiento en nuestras instalaciones de Cosentyx®, un tratamiento contra la psoriasis, obtuvo la distinción de “Mejor Producto Biotecnológico” del Premio Galien de 2016, y el Entresto®, el primer avance realizado en décadas para combatir la insuficiencia cardíaca con fracción de eyección reducida, hoy es considerado la nueva norma de tratamiento por, entre otras instituciones, el Colegio de Cardiología de los Estados Unidos, la Asociación de Cardiología de los Estados Unidos y la Sociedad Europea de Cardiología.

Una historia de innovación más profunda

Menos del 12% de los medicamentos sometidos a pruebas clínicas
acaban siendo medicamentos autorizados (foto: iStock.com/DNY59).

Pero los medicamentos, aunque como productos finales son elogiables y figuran en los libros de historia, no suponen más que la cresta visible de una historia de innovación mucho más profunda.  Por triste que sea, esa historia ni se le revela fácilmente al observador de a pie ni suele ser contada.  Eche un vistazo al interior de un coche moderno;  verá fácilmente el increíble despliegue de innovación introducida en su creación.  Por comparación, los medicamentos no tienen puertas ni capotas que se abran.  Pero eso no significa que dentro lleven menos innovación.  Para crear un medicamento hace falta mucho más que dar con nuevas substancias y ponerlas en pastillas.  Igual que es necesario que un coche valga para la carretera (que sea eficaz como vehículo, seguro en la conducción, regularmente fabricable y respetuoso de la normativa), una sustancia farmacéutica debe satisfacer rigurosas normas de seguridad, eficacia y calidad antes de administrarla a los pacientes.  Se trata de una tarea nada sencilla, como atestigua el hecho de que menos del 12% de los candidatos a medicamentos sometidos a pruebas clínicas acaben siendo medicamentos autorizados.

Entrar en ese “club del 12%” exige ciencia, trabajo a fondo y muchos tipos diferentes de innovación.  Puede implicar el desarrollo de la forma más segura y más efectiva o eficiente de una sustancia;  formularla con los ingredientes correctos;  determinar la enfermedad o las condiciones para las que es más indicada;  y fijar la dosis y la posología correctas.  También puede implicar la invención de nuevas formas de elaborar la sustancia según normas de escala y calidad, lo que es especialmente esencial en el caso de productos biológicos complejos (moléculas grandes) y productos biosimilares.

Y luego, por supuesto, está ese otro 88%, el de los proyectos que fracasan en la etapa clínica.  Estos también forman parte de la historia de la innovación.  ¿Por qué?  Porque el camino al fracaso suele estar salpicado de multitud de éxitos provisionales, muchos de los cuales encontrarán aplicación en otro lugar.  Y porque cada “fracaso” también es un éxito si nos lleva por otro camino que al final produzca un medicamento.  Aunque tal vez no generen titulares, estos descubrimientos y desarrollos provisionales (allá donde surjan) conforman la historia crucial que tiene lugar entre bambalinas y que culmina en los escasos y preciosos medicamentos que están a la altura.  Se trata de un relato que merece un lugar más destacado en la historia de la innovación.

Y, a tal respecto, también lo merece el capítulo que sigue al de la comercialización de un medicamento que ha triunfado.  En ciertos aspectos, un medicamento comercializado no es más que otro hito (aunque increíblemente importante) en el camino que, prolongándose, nos lleva a mejorar y alargar la vida de las personas.  Si bien en ocasiones la siguiente parada es un medicamento totalmente nuevo, con frecuencia el avance consiste en aumentar las mejoras de las terapias existentes.

Hay quien sostiene que tales mejoras son triviales y no merecen la protección de las patentes.  Pero las leyes que rigen éstas llevan siglos tratando expresamente de incentivar las “mejoras”.  La primera Ley de Patentes de los Estados Unidos (1790), por ejemplo, otorgaba patentes para “cualquier arte, manufactura, motor, máquina o dispositivo, o cualquier mejora que se aporte a éstos, anteriormente desconocidos o no utilizados”.  Su autor, Thomas Jefferson, en carta dirigida a Marc Pictet, escribió:  “Se producen muchas e ingeniosas mejoras gracias al derecho de patente”.

Ese 88% de proyectos que fracasan en la etapa clínica también forman parte importante de la historia de la innovación en el ámbito biofarmacéutico.  A menudo, dan lugar a éxitos provisionales que encontrarán aplicación en otro lugar.  Cada “fracaso” es un éxito si conduce a la puesta a punto de un nuevo medicamento (foto: iStock.com/Reptile8488).

De hecho, la ingeniosidad no se debe evaluar únicamente por referencia a lo que hubo antes.  Si el objetivo del sistema de patentes es el de fomentar la innovación y las innovaciones son invenciones con repercusiones significativas, lo que corresponde preguntarse acerca de una invención por lo demás patentable no es cuánto avanza con respecto al pasado, sino qué es lo que aporta a nuestro futuro.  En el caso de los medicamentos, difícilmente puede considerarse “trivial” una fórmula nueva si, por primera vez, permite que un niño tome un medicamento anteriormente reservado a los adultos (fórmula pediátrica) o hace posible que un medicamento existente se distribuya en zonas remotas (fórmulas resistentes al calor).

Tampoco es ni mucho menos trivial la utilización novedosa e inventiva de un medicamento existente para tratar con eficacia una enfermedad diferente.  Estos y otros tipos de mejoras, que se pueden plasmar en lo que sea, desde la reducción de los efectos secundarios hasta su uso más generalizado por los pacientes y la mejora de los resultados sanitarios y de observancia, constituyen otro relato crucial en la historia de la innovación que, de tan importante, no cabe ignorar.

También existen otros, como el del papel crucial que desempeña la P.I. en la habilitación de los medicamentos genéricos, que tanta importancia tienen para los sistemas sanitarios de hoy, escrupulosos con los presupuestos.  Los genéricos de hoy no son sino copias de los medicamentos innovadores de ayer fabricados a menor costo gracias a la I+D independiente que tuvo lugar antes y a la copia de productos de éxito una vez expiradas las patentes.  Los genéricos del mañana también seguirán la estela de los medicamentos innovadores de hoy, apoyándose nuevamente en la I+D que, impulsada por la P.I., llevan a cabo los innovadores para crear nuevos medicamentos.

Facilitar el acceso

Coartem® es un antimalárico de vanguardia que Novartis ha facilitado
de forma no lucrativa a más de 60 países donde la malaria es
endémica (fotos: © Novartis).

Existen también relatos más complejos, como la función central que desempeña la I+D no sólo para hacer posible la invención de las curas del mañana, sino para facilitar el acceso a los medicamentos de hoy creando las condiciones que contribuyan a que los medicamentos lleguen efectivamente a los enfermos.  Hay indicios de que una P.I. sólida permite mayor rapidez en el lanzamiento de nuevos medicamentos y el acceso a los mismos, la introducción de nuevos medicamentos que de otro modo faltarían en determinado mercado (con marca o en su forma genérica) y la inversión en actividades como la de organizar las cadenas de distribución y la educación de médicos y pacientes, que, como se ha demostrado, permite la mejora en el acceso y en los resultados en materia de salud.

Luego viene la infinidad de otras formas en las que podemos aplicar los conocimientos especializados que poseemos en materia de innovación y nuestra influencia mundial para impulsar la sanidad pública y mejorar la vida de las personas.  Por ejemplo, nuestra labor de desarrollo del Coartem®, un antimalárico de vanguardia que hemos facilitado de forma no lucrativa a más de 60 países donde la malaria es endémica (los tratamientos hasta la fecha superan los 800 millones).  E iniciativas sociales como nuestro programa pionero Novartis Access, que ofrece un acceso asequible a nuestra cartera de medicamentos para enfermedades no contagiosas.  Este programa comprende, incluso, asociaciones innovadoras como nuestra colaboración con la OMPI y el Foro Económico Mundial para construir una plataforma internacional (el Programa de Asistencia a Inventores) que permite a inventores de países en desarrollo acceder al ecosistema de la innovación mundial.

Existe, en fin, el relato más antiguo de todos:  “La única constante es el cambio”.  La ciencia cambia al compás de la rápida evolución de nuestra comprensión de las enfermedades.  Los medicamentos cambian a medida que seguimos transitando desde las pequeñas moléculas basadas en la química a las moléculas grandes basadas en la biología, y desde la atención de salud generalizada a la personalizada.  La tecnología cambia a medida que convergen campos otrora dispares, con lo que se incorporan a la medicina las aplicaciones, el software, los datos y las prendas de vestir, incluso las “lentes inteligentes” y las “pastillas de chips”.  Como resultado de todos estos cambios, la innovación que define nuestro futuro no se hará sino más intrincada, interrelacionada y compleja.

Ahora, más que nunca, es necesario hacer que aflore a la superficie el cuadro completo de la función que desempeñan la P.I. y la innovación en el alargamiento y la mejora de la vida de las personas.  Es demasiado lo que está en juego para mantenerlo oculto.

< Comuníquenos su comentario sobre este artículo
< Volver al índice