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Creador, artista, escultor – Nicolas Lavarenne

Febrero de 2009

Ficha biográfica

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Nicolas Lavarenne
(Foto OMPI/Castonguay)

Fecha de nacimiento: 2 de octubre de 1953, Chamelières (Francia)

Estudios: Bachillerato técnico en Diseño Mecánico

Exposiciones: Decenas de muestras en Europa, Oriente Medio y Norteamérica

Premios: 1998 – Premio del público en Antibes; 1993 – Primer premio de Escultura en Tende; 1993 – Primer premio de Escultura en Beaulieu sur Mer ; 1990 – Premio del público en Niza; 1987 – Primer premio de Escultura en Brignoles; 1984 – Premio del público en Niza

A finales del pasado verano, el equipo de la Revista de la OMPI y de la Sección de la OMPI de Cortometrajes, Multimedios e Internet, tomó sus cámaras e instrumentos de trabajo y viajó a Seyssel – una remota aldea de montaña francesa que antaño marcaba la frontera con Italia – para entrevistar al escultor Nicolas Lavarenne. Nos resultó difícil dar con su taller: tan desapercibido pasa el baqueteado edificio, oculto tras el estacionamiento de una tienda de comestibles.

Pero, al traspasar el umbral, fue como entrar en la cueva de Alí Babá. La obra del Sr. Lavarenne – esculturas de madera, de escayola, de cera y de bronce en distintas etapas de desarrollo – estaba en todas partes: en el suelo, en las mesas y estantes, incluso colgando del techo, las paredes y las escaleras. Había siete esculturas que colgaban de otras esculturas. Dispersos por la nave podían verse una motocicleta, láminas con bocetos, carteles de exposiciones y mil objetos sin nombre. No sabíamos hacia dónde volver la mirada ni qué mirar primero. Íbamos fascinados de un objeto a otro, ávidos por descubrir cómo un hombre tan delgado y modesto podía haber creado tales obras. Ante nuestras cámaras, el artista desgranó el relato de su vida.

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(Foto OMPI/Castonguay)

"La escultura me sobrevino"

El Sr. Lavarenne lo cuenta así: andaba pensando en sus cosas y de pronto la escultura le sobrevino, "le cayó encima". No puede explicarlo de otro modo. Su padre era pintor al óleo, pero Nicolas no sintió esa vocación. Estudió diseño mecánico y trabajó unos años en el sector de las motocicletas, aunque acabó por aburrirse. "Un día – cuenta – me pregunté: ¿qué se me da bien? ¿qué me gusta hacer? Echando la vista atrás, me di cuenta de que sabía dibujar, de que podía hacer lo que quisiera con las manos."

"Decidí hacer un trabajo manual. Durante siete años me dediqué a hacer la talla ornamental de muebles de ebanista. Una vez, mientras garabateaba, como solía, hice un pequeño dibujo, y decidí tallarlo en madera. Cuando terminé, lo miré y pensé: ¿qué es esto? ¿para qué sirve?" Hasta entonces, el Sr. Lavarenne siempre había esculpido por encargo, siguiendo con exactitud las instrucciones recibidas. Nunca pasó por su mente la idea de elaborar diseños propios, y menos aún de tallarlos. La palabra creación no estaba en su vocabulario. "Aquel día comencé a hacerme preguntas sobre el arte. Aquello me trastornó completamente. Me cambió la vida: me reconcilió con ella. Comencé a esculpir cuando tenía 23 años, pero hasta cumplir los 33 no fui realmente escultor.”

Aquel fue el día en que la escultura le "cayó encima" al Sr. Lavarenne, y no fue una carga liviana. Aprendió sin maestro, sin tener una idea clara de a dónde quería llegar, avanzando por el método de la prueba y el error. "Hubo momentos de desesperación y soledad." Seguía esculpiendo en madera, pero los resultados no le satisfacían. La madera necesitaba ensambles, era densa, y había que mantener su grosor en lugares donde él quería líneas largas y delgadas. Para redondear sus ingresos, hacía maniquíes para tiendas de moda, lo que le llevó a descubrir la escayola y la cera. De este modo fue perfeccionando su técnica, encontrando nuevos soportes. Al hacer sus primeras obras en bronce, comprendió que había hallado su elemento.

"Esculpo ante todo para mí, aunque espero llegar a los demás, comunicarme con ellos. Mi mayor placer es que alguien se sienta conmovido por mis esculturas."

"La escultura es una presencia"

Al Sr. Lavarenne no le resulta difícil decir qué es la escultura. "Para mí, una escultura es un objeto que trata de habitar un espacio, no sólo de ocupar el vacío. Cuando uno llega a un lugar donde hay una escultura, ésta tiene que estar presente. Es esa presencia lo que importa. La escultura es una presencia y, si es posible, una presencia con expresión."

"Suelo identificarme con mis esculturas. Expresan mi sensibilidad. Soy parte de ellas, me cuentan mi historia. Pero el arte es un espejo y cada espectador encontrará en una expresión artística lo que él mismo aporte. El espectador se identifica con la obra de un modo u otro. Si no lo hace, es que la obra no se corresponde con su sensibilidad."

Cuando los espectadores cuentan al Sr. Lavarenne las emociones o experiencias que les evocan sus obras, raramente coinciden con las sentidas por el artista en el proceso de la creación. Sin embargo, "a veces – dice el escultor – cuando alguien me cuenta exactamente la misma historia que la escultura me cuenta a mí, me digo que nuestra sensibilidad es idéntica. Tengo la sensación de haber encontrado a mi alter ego, y siento un escalofrío."


(Foto: Pierre Bondier / Cortesía de Nicolas Lavarenne)

"La inspiración es una forma de ausencia"

Al preguntarle de dónde viene su inspiración, el Sr. Lavarenne señala un rincón donde hay una pequeña habitación con ventanas al taller. En ella hallamos cientos de dibujos de los más diversos tipos. El Sr. Lavarenne dice que puede pasar allí sentado dibujando horas, días, semanas, sin llegar a encontrar nada. De pronto, un día suena el teléfono, y mientras está hablando traza unos garabatos. No es consciente de hacerlo: los trazos fluyen sin más mientras su mente atiende a otra cosa. Después de colgar, se queda mirando el resultado. Podría ser un simple garabato, pero se convierte en una escultura de bronce de dos metros que se proyecta hacia el cielo. Para el Sr. Lavarenne, "la inspiración es una forma de ausencia".

En una caseta situada al fondo del jardín, rodeados de una nube de polvo blanco, observamos trabajar al Sr. Lavarenne en el torso de una escultura. "Esculpir es laborioso. Busco algo que no existe. Trato de construir en el espacio un volumen que sólo existe en mi mente y en un pedazo de papel. Ese volumen ha de poder verse desde todos los ángulos, y ha de ser interesante desde cada uno de ellos. A veces estoy trabajando en un rostro y veo surgir en él algo que me parece interesante. Lo giro un poco y veo que el perfil es un desastre. Rehago el perfil, lo giro para verlo en tres cuartos, y me espanta. Rehago ese ángulo y vuelvo a mirarlo de frente, y me horroriza."

"Cuando por fin lo termino, acabo hastiado. He trabajado tanto en la escultura que sólo veo sus defectos. Necesito un mes o dos para digerirlo y admitir que no es perfecta. Me gusta verlas marcharse, para poder crear otras y hacer realidad otros sueños. La única escultura que me interesa es la que aún no he creado."

"No puedo tomar la distancia necesaria para juzgar mi propia obra. Cuando miro mis esculturas veo un cuerpo humano bastante realista, correcto desde el punto de vista anatómico; un cuerpo que se lanza al aire, que emprende el vuelo por medio de pértigas que, para mí, son como esos trazos que indican el movimiento del cuerpo en los dibujos de los cómics. Las pértigas levantan del suelo a la escultura, elevándola simbólicamente de la tierra y de la materia, haciéndola más ligera, casi virtual, imposible de tocar. Es la paradoja del escultor: el bronce es pesado, pero echa a volar."

"¿Es usted quien hizo esto?"

Cuando el Sr. Lavarenne comenzó a exhibir su obra, sus admiradores se sorprendían al conocerlo. “Solían exclamar: ‘¡¿Es usted quien hizo esto?!’” Es él, sin la menor duda. El autor marca cada obra para garantizar el reconocimiento de su paternidad, y las numera para que pueda detectarse cualquier copia. Aunque el Sr. Lavarenne no está particularmente interesado en el aspecto burocrático del derecho de autor, le preocupa ver su obra en la televisión, en libros o en revistas sin que se haga referencia a su autoría. "Creo que como mínimo debe mencionarse el nombre del autor."

Una sociedad de gestión colectiva del derecho de autor le envía periódicamente cheques, aunque él no sabe con exactitud a qué obra corresponden. Le basta con que el sistema funcione, y aunque cree que probablemente debería involucrarse más, la escultura le deja poco tiempo para otras actividades. Su energía está centrada en la creación. Nos hace ver la evidente dificultad de copiar su obra: por su tamaño, su peso, su voluminosidad, y el costo de la materia prima. El bronce es caro. También explica en rasgos generales la estricta legislación francesa al respecto (véase el recuadro).

Critica el hecho de que en el sistema educativo no se enseñe lo que es el derecho de autor y cómo utilizarlo para ganarse la vida. Cuenta que a veces pasan estudiantes frente al taller y se quedan mirando por las ventanas. Le gustaría que entraran y comprendieran que ellos también pueden hacer algo así. "¿Por qué nadie me dijo cuando iba al colegio que uno puede vivir de sus creaciones?"

"Trato de ser un escultor, y a veces me reprocho no ser más que eso."

"Nadie me pidió que hiciera esto"

"Soy un artista, tengo la suerte de poder vivir de mi obra. Me encanta la parte creativa, pero hay también una parte administrativa muy pesada. Si no salgo y cuento a los demás lo que estoy haciendo, nadie sabría que estoy encerrado en el taller, porque nadie me pidió que hiciera esto."

Mientras nuestras cámaras lo seguían por su taller, el Sr. Lavarenne se quedó mirando cara a cara la figura de una mujer nubia. Estudió sus rasgos perfectos. Luego, con un rápido movimiento de las manos, le arrancó la cabeza. Nos quedamos sin aliento... hasta que recordamos que no era una mujer real, sino un boceto de cera, una de sus creaciones. Así terminó nuestra entrevista. Cerrando la puerta del taller tras de nosotros, el Sr. Lavarenne montó en una vieja motocicleta e hizo un gesto de despedida, gritando que iba a darse una zambullida en el lago antes de que se pusiera el sol.

¿Es un original?

La legislación francesa sólo permite a los escultores que trabajan el bronce, como Nicolas Lavarenne, hacer 12 originales de cada escultura. Cada original debe estar numerado: ocho en cifras arábigas y cuatro, las llamadas épreuves d'artiste (pruebas de artista), en números romanos. Se considera que las fundiciones que no se atengan a estas estrictas normas no producen originales, sino reproducciones, ya se trate de 13 copias o de 300.

El Sr. Lavarenne numera sus obras conforme a lo estipulado. Trabaja con una fundición de confianza que destruye los moldes después de producir los originales. El Sr. Lavarenne ha rechazado categóricamente varias ofertas para hacer copias.

 

Por Sylvie Castonguay, Redacción de la Revista de la OMPI, División de Comunicaciones
Agradecimientos: Jean-François Arrou-Vignod y Nicholas Hopkins, Sección de la OMPI de Cortometrajes y Multimedios

 

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