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Relatos del PCT

Abril de 2007

Desde que entró en vigor el Tratado de Cooperación en materia de Patentes (PCT) en 1978, se han presentado más de 1,2 millones de solicitudes internacionales de patente, que abarcan nuevas tecnologías de todo tipo. Prosiguiendo con la serie de breves artículos, la Revista de la OMPI consulta la base de datos del PCT y trata de conocer a la persona que está detrás de una patente. En este número, varios innovadores de Israel, Australia y los Estados Unidos ponen frente a frente al ingenio humano y los riesgos naturales o de otra índole.

Repelente de tiburones

La causa de numerosas pesadillas. Mike Wescombe‑Down era, a sus 16 años, un joven despreocupado y amante del mar, hasta que un gran tiburón blanco atacó y mató a su compañero de submarinismo en aguas de la costa australiana. El trauma le infundió odio hacia esos famosos predadores. Pero cuando conoció y comprendió mejor su comportamiento, ese odio se transformó en un deseo de encontrar soluciones técnicas que pudieran evitar que se repitieran tales horrores, permitiendo a la vez la coexistencia segura de nadadores y tiburones en las mismas aguas. 

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 Un tiburón se acerca y seguidamente se aparta de un submarinista portador de un dispositivo anti‑tiburones. (Foto:  SeaChange Technology)

Las actividades de investigación de Mike Wescombe‑Down le guiaron hacia una ingeniosa tecnología que había sido desarrollada en los años 90 por una organización de Sudáfrica que goza de gran reconocimiento, Natal Sharks Board. Basada en campos de ondas electrónicas, esta tecnología fue comercializada con el nombre de Shark POD, pero el producto resultaba caro y voluminoso, y tuvo escaso éxito.  Mike creó la SeaChange Technology Company, adquirió los derechos de la tecnología sudafricana, en virtud de un acuerdo de licencia exclusiva de ámbito mundial, y combinó su experiencia de submarinista y sus conocimientos especializados en diseño industrial para fabricar un nuevo y mejorado repelente de tiburones.

El resultado fue el Shark Shield, que fue presentado el año pasado en la serie New Inventors de la Sociedad Australiana de Radiodifusión (ABC). El dispositivo compacto, que se sujeta a la pierna del nadador, o a la bolsa de un submarinista, consta de dos electrodos que generan un potente campo electromagnético en el agua alrededor del usuario. Los tiburones que se desplazan en un radio de acción de siete metros alrededor del dispositivo sentirán un intenso malestar cuando las ondas eléctricas alcancen los receptores sensoriales que se encuentran en el morro del escualo. Si bien el dispositivo es totalmente inofensivo, en el supuesto de que el tiburón siga aproximándose, la sensación de malestar se intensificaría hasta el punto de causar al escualo espasmos musculares y ahuyentarlo. El dispositivo no perjudica al nadador ni a los demás seres vivos marinos.

En 2002 y 2003, SeaChange Technology Holdings, cuya sede se encuentra en Adelaida al sur de Australia, presentó cuatro solicitudes internacionales de patente en virtud del PCT que abarcaban su dispositivo repelente de tiburones y otros inventos conexos, en particular un casco repelente de tiburones para embarcaciones. Según informa Mike, el dispositivo anti‑tiburones se vende bien, tanto a submarinistas aficionados como a profesionales, nadadores, surfistas, pescadores y aficionados al kayak.
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Eliminación de sustancias químicas mortales con nanopartículas

En 1995, algunos miembros de una secta siniestra liberaron gas neurotóxico sarín en un concurrido metro de Tokio con mortíferas consecuencias. Los equipos de emergencia trataron de evacuar a los pasajeros que se asfixiaban al expandirse el gas. Entre los millones de personas que vieron con horror las imágenes en las noticias aquella tarde se encontraba el Dr. Kenneth Klabunde, profesor de química de la Universidad del Estado de Kansas (Estados Unidos de América). El laboratorio del Dr. Klabunde había preparado métodos de nanoingeniería para elaborar materiales especiales que pudieran ser útiles en ese tipo de ataques. Dos años después, la universidad presentó una solicitud PCT que abarcaba las técnicas desarrolladas por el Dr. Klabunde para crear sustancias capaces de absorber y destruir sustancias químicas altamente tóxicas.

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Un equipo de respuesta de emergencia de Kansas ensaya FAST‑ACT sobre el vapor procedente de un escape de propano. (Foto: NanoScale Materials Inc.)

El Dr. Klabunde fundó NanoScale Corporation, que obtuvo ulteriormente licencias sobre la tecnología de la Universidad del Estado de Kansas. Con el apoyo de la Nacional Science Foundation, la empresa comenzó a fabricar y comercializar FAST‑ACT® (First Applied Sorbent Treatment Against Chemical Threats), producto innovador de respuesta frente a la amenaza química. FAST‑ACT está compuesto de partículas nanocristalinas de óxido de magnesio y dióxido de titanio que se pulverizan desde un recipiente a presión. Las partículas de polvo se adhieren a los gases o líquidos tóxicos convirtiéndolos en inofensivos. Esos polvos pueden servir para limpiar vertidos de productos químicos y ácidos industriales peligrosos, así como para neutralizar el sarín, el gas mostaza y otros agentes químicos. La invención reportó a Kenneth Klabunde un premio Breakthrough Award en 2005 otorgado por la revista Popular Mechanics.

Las nanopartículas poseen propiedades muy distintas de las de los distintos átomos de una sustancia o de la materia a granel, y constituyen una nueva clase de materia a la que no se aplican la química cuántica ni las teorías de la física clásica. El secreto de la eficacia de los polvos FAST‑ACT radica en la ingeniería de nanopartículas para crear bordes irregulares que aumentan enormemente su superficie, porosidad y reactividad química. Según explica el Dr. Klabunde, mientras el polvo normal de óxido de magnesio abarca una superficie de sólo 30 m2 por gramo, las técnicas empleadas para elaborar FAST‑ACT multiplican esa superficie por más de 10: “Sólo 17 gramos de polvo abarcan la superficie de un campo de fútbol”, afirma el Dr. Klabunde.

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Tobogán de evacuación

El empresario israelí Eli Nir no deseaba que otros tuvieran que sufrir lo mismo que él cuando, en una ocasión, observó a los bomberos subir y bajar penosamente por una escalera para salvar a su hijo de ocho años, atrapado en el último piso de un hotel de gran altura en llamas. Su hijo salió ileso. Otros, en situaciones similares, han tenido menos fortuna. 

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 En la presentación ante la prensa varios voluntarios descendieron desde el undécimo piso de un hotel en Washington. (Foto: AES)

La solución ideada por el Sr. Nir era simple: un gran tubo plegable formado por varios rollos de acero cubiertos de un tejido ignífugo similar al Kevlar instalados en el exterior de los últimos pisos de un edificio de gran altura, en un lugar accesible por las salidas de emergencia. Al sonar una alarma contra incendios, el tubo se despliega. Los ocupantes del edificio salen por la puerta y descienden deslizándose hasta el suelo, de manera muy similar a la de un tobogán de agua gigante en un parque de atracciones. La velocidad del descenso se controla mediante una serie de “escalones”, incorporados en la estructura del tobogán.

Entre 2000 y 2002, el Sr. Nir presentó en total seis solicitudes PCT relativas a su “manga de salvamento”. Su concepto fue desarrollado por fabricantes de Tel Aviv, Advanced Evacuation Systems (AES), que recaudaron un millón de dólares de inversores privados. Ehud Barak, antiguo Primer Ministro de Israel, entró a formar parte de la junta directiva para colaborar en la promoción del invento. 

En octubre de 2002, la presentación del prototipo en un hotel de Washington causó un gran revuelo en la prensa al observar a varios voluntarios lanzándose por un tobogán de 50 metros y salir sonrientes por el extremo inferior. Las estadísticas de AES indican que la estructura permitiría a una persona descender el equivalente a 25 plantas en menos de 10 segundos, lo que posibilitaría salvar a 15 personas por minuto. Se han proyectado nuevos modelos basados en el movimiento helicoidal para utilizarlos en edificios de hasta 100 plantas.

El director adjunto del servicio de bomberos de Washington, Mike Smith, quedó impresionado por lo que vio, y Time Magazine eligió el tobogán de evacuación como uno de los mejores inventos de 2002. Pero no todos los inventos están a la altura de lo que prometen. La demanda por parte de clientes potenciales no estuvo a la altura de lo que se esperaba y los responsables de la empresa llegaron a la conclusión de que era necesario seguir trabajando para obtener un mayor apoyo de los órganos competentes en materia de salud y seguridad de los Estados Unidos. Hasta el momento, la tranquilidad ha reinado en AES. ¿Otro supuesto en que hay que volver a empezar, o en que todo parece irremediablemente perdido? 


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